Quimioterapia y las Hilanderas de El Paso en la Isla de La Palma

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No es una de las islas más turísticas pero probablemente la de mayor encanto. La Palma, antigua Benehuare en el tiempo de los auritas, es la isla más occidental del archipiélago canario, una ventana abierta a la inmensidad de Atlántico. Abrupta e indómita, geográficamente volcánica, dominada por barrancos, montañas y acantilados, su naturaleza generosa y abundante le otorga el sello de isla bonita.
Situado en la parte alta del Valle de Aridane, aparece el municipio más extenso de La Palma y el único que carece de tramo costero, El Paso. La Ciudad de los Almendros, como también se conoce a este lugar con solera, es cuna ancestral de grandes artesanos. Recientemente he tenido la gran oportunidad de visitar una de las antiguas artesanías palmeras a través de una de las pocas familias que ha logrado mantener la tradición de generación en generación, a través de la enseñanza oral y del trabajo compartido. Hablo de las Hilanderas de El Paso, municipio sedero por excelencia y el último reducto en conservar el proceso totalmente manual.

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En el proceso artesanal que comienza con el nacimiento de las larvas en primavera y finaliza en el telar, si bien la mayor parte de la fibra de seda se utiliza en su tono natural, para realzar la belleza de las prendas, estas se tiñen. Me llamó poderosamente la atención que los tientes fuesen totalmente naturales. Cáscara de nuez, gualda (amarillos), eucalipto (grises), nuez (marrones) y la conocida cochinilla, en cuya recolección para su exportación trabajaron antaño generaciones de palmeros (rojos, granates y rosas) son algunos de los colores utilizados.
Viene a cuento esta introducción ya que el proceso de teñir una fibra es precisamente el origen de la tan temida quimioterapia.
Cuando a mediados del siglo XIX los barcos procedentes de la India descargaban el tan deseado algodón en los puertos ingleses, un gran negocio surgió alrededor de las hilanderías, motor exportador de la economía británica. Sin embargo, manufactoría textil e industria del tinte iban desfasadas a favor de la tecnología de la primera, ya que en aquellos tiempos, los tintes, de igual modo que ocurre en la actualidad con las hilanderas de El Paso, se extraían de fuentes naturales. La misma similitud de hace siglo y medio con la actualidad existe en el uso de espesantes, mordientes y solventes, en una multitud de pasos muy laboriosos.
La industria tuvo un punto de inflexión en el momento en el que un jovencísimo estudiante, William Pekin, descubrió el primer colorante sintético tras hervir ácido nítrico y benceno. Derivado de esta unión se dio una reacción química inesperada con el resultado de una sustancia (malva de anilina) del mismo color de las violetas, capaz de colorear el algodón. La entonces denominada Química Práctica, con Pekin a la cabeza, acabó por descubrir otras moléculas, basadas en la primera, capaces de dar otros muchos colores que, en síntesis, eran mucho más baratos y más fácil obtención que los naturales.
Posteriormente, Alemania tomó el relevo de una industria textil muy potente. En ese recorrido, logró sintetizar miles de moléculas sintéticas a la espera de ser utilizadas para algún fin, lejos por cierto, de nexos con la medicina, ya que en aquella época predominaba la teoría vitalista, por la cual ninguna sustancia contenida en nuestro organismo podía sintetizarse por medio de reacciones químicas externas. Venido abajo el vitalismo y constatado que la biología era química, algunas de esas moléculas que aguardaban expectantes, comenzaron a dar sus frutos en el terreno biomédico. Por citar un ejemplo de enorme trascendencia científica, las tinciones celulares de Paul Ehrlich.
El uso de la quimioterapia, tal y como mencioné al principio del artículo, de igual modo tiene su origen en estas sustancias. Esta terapia se concibe en la Primera Guerra Mundial cuando un barco atracado en Bari que iba cargado de gas mostaza es bombardeado. Lógicamente muchos soldados murieron, pero aquellos que lograron sobrevivir sufrieron una rara afección en la médula ósea, de modo que las células contenidas en ella habían disminuido a niveles desproporcionados. Como en aquella época se buscaba insistentemente un remedio para tratar los linfomas y las leucemias, que son crecimientos desmedidos y anómalos de células en la médula ósea, la casualidad hizo que el remedio tan ansiado estuviese precisamente en una poderosa y lamentable arma de guerra.
El almacén de sustancias químicas que buscaban denodadamente un uso práctico se convirtió en un sumidero con potencial acción quimioterapia en ensayos tan burdos de “prueba-error”. Dirigido todo por un oficial del ejército, las purinas fueron las primeras en aparecer al arsenal quimioterápico contra el cáncer. El concepto “guerra al cáncer” no era metafórico, era muy real.
El recuerdo de los tintes me lleva a concienciar que, ojalá pronto, la quimioterapia deje de ser una pesadilla y sea de ella lo que en la actualidad son las ancestrales sangrías con acción terapéutica, es decir, historia. Que se utilice en los casos necesarios y no se aplique en situaciones que incluso tacharía de inmorales.

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Escribo estas líneas con el reciente recuerdo de mis queridos amigos Merche y Alberto, excelentes anfitriones residentes a escasos kilómetros de mis admiradas hilanderas, en los Llanos de Aridane, que tantas satisfacciones personales y profesionales me ha dado. Los enfoques dietéticos energéticos de mi “maestra” en nutrición de Botica Verde y su excelente cocina son un buen ejemplo de que la alimentación llevada con cordura y con arte debe ser necesariamente parte de esa estrategia en la resolución tan anhelada de esta terrible enfermedad. La Cascada de Colores en la Caldera de Taburiente y dos familias con tres generaciones en perfecta armonía son testigo de ello.

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Licenciado en Ciencias Biológicas, especializado en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de Valencia. Inició su carrera profesional como Analista en el Instituto Valenciano de Oncología (I.V.O) y en la actualidad desenvuelve su labor profesional en el sector privado. Con un carácter eminentemente investigador, prácticamente toda su trayectoria profesional y personal la ha focalizado en profundizar en el estudio de aquellos modelos integradores que por unir lo mejor de la medicina convencional a las terapias complementarias de probada eficacia científica, pudiera beneficiar a personas afectadas de cáncer.

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