¿Qué agua es mejor para beber?

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Los seres humanos venimos del agua y estamos hechos de del mismo elemento. De hecho, es el principal componente del cuerpo humano, que posee un 75% de agua al nacer y cerca del 65% en la edad adulta. Resulta curioso la proporcionalidad y, a mi juicio, “causalidad”, que el agua contenida en nuestro planeta Tierra suponga un 71 % de la superficie terrestre. Es una conclusión obvia que sea un elemento indispensable ya no solo para nuestra supervivencia sino también para el resto de las especies. Esto es así ya que el agua baña nuestras células por dentro y por fuera y circula por nuestra sangre. El agua es imprescindible para múltiples reacciones metabólicas como: la digestión, expulsión de los residuos metabólicos a través de la orina, regular la temperatura corporal, distribución del oxígeno y nutrientes en las células e incluso como lubricante. Como la perdemos en la transpiración, en la exhalación en forma de vapor a través de nuestro aliento o con los excrementos, y tiene que existir un balance adecuado entre los ingresos de agua y las pérdidas, es imprescindible para el ser humano reponerla, de hecho, este no puede estar sin beber agua más de cinco o seis días sin poner en riesgo su vida.

Datos del doctor Vicente Lahera, Catedrático de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid apuntan a que el agua se encuentra en todos los alimentos, excepto en los aceites. Los alimentos sólidos que más agua contiene son melón, lechuga, tomate, espárragos, sandía, pimientos, cardo, berenjena, coliflor, cebolla,  fresas, judías verdes, espinacas, zanahoria, piña, cerezas, uvas, naranjas y limones. Y entre los líquidos o semilíquidos zumos, refrescos, gaseosas, bebidas para deportistas, leche, yogur y derivados lácteos. Los alimentos que menos agua tiene son el pan, quesos curados, embutidos, dulce de membrillo, miel, higos, pasas, pasteles, mermelada. Los alimentos grasos como la bollería, mantequilla, margarina tiene una pequeña proporción de agua, y el arroz, pasta, legumbres, frutos secos, azúcar, galletas, chocolate, una proporción mínima, y nada en los aceites.

Nos centraremos en su principal fuente de origen. A sabiendas que el agua contaminada puede causar más muertos que cualquier guerra, es un objetivo prioritario de muchos países, como el nuestro, el gestionar su calidad ya que está íntimamente relacionada con el nivel de vida y con el nivel sanitario de un país, como bien define nuestro Ministerio de Sanidad. Sin embargo, la potabilización del agua conlleva muchos problemas.

Lo que hace una gran ciudad es utilizar el agua que procede de los ríos y que ha sido utilizada ya varias veces. Ello conlleva dos aspectos que creo que hay que resaltar. En primer lugar, me hago las siguientes preguntas: ¿Cómo están nuestros ríos, mares y océanos? A sabiendas de que cientos de sustancias tóxicas son arrojadas al agua sin un control adecuado, ¿Cómo están nuestros acuíferos? El estado real y la NO condición de ser usada para consumo humano o riego, nos lleva a una segunda cuestión: se ha de potabilizar mediante una serie de tratamientos.

Aunque desde estamentos oficiales se asegure que “los productos para el tratamiento del agua potable están perfectamente regulados y controlados”, lo cierto es que la legislación vigente permite la presencia en el agua de uso doméstico de 13 sustancias diferentes: conservantes, antioxidantes, colorantes, suavizantes, estabilizantes, saborizantes, emulsionantes, insecticidas, herbicidas, fungicidas, metales pesados, restos de medicamentos, gases.

Entre los tratamientos se encuentra la desinfección, empleando sobre todo cloro. En Madrid, sin embargo, se desinfecta el agua con cloramina, porque “es estable durante más tiempo que el cloro, evitando así tener que reclorar; aunque lo ideal es añadir lo mínimo posible” Hace ya algo más de cuatro años, en mi primer libro, “Cáncer un enfoque bio-lógico”, publicaba que “el uso del cloro para desinfectar el agua ha sido uno de los mayores avances que se han producido en salud pública, un logro que no se puede olvidar. Pero a partir de 1974, se empezó a constatar que el cloro reaccionaba con la materia orgánica presente en el agua y producía subproductos derivados de la desinfección (SPD), DBPs (por sus siglas en ingles), cuyos efectos en la salud humana debían investigarse. Desde entonces se han identificado más de seiscientos DBPs. Más de tres décadas de investigaciones sugieren que existe un vínculo entre la cloración del agua y los efectos adversos a la salud humana”. Sin ir más lejos, el mismo National Cancer Institute (Instituto Nacional del Cáncer) reportó acerca de los efectos carcinogénicos relacionados con beber agua clorada en el sistema digestivo y el sistema urinario.

Otra conflictiva sustancia empleada es el flúor. Cuando en 1931 un dentista norteamericano observó que aquellas poblaciones que bebían agua contaminada por las altas concentraciones de fluoruro natural, causante de una enfermedad llamada fluorosis, tenían sin embargo, bajo nivel de caries, otro bioquímico del mismo país, propuso interrumpir la depuración de las aguas ricas en fluoruro y aumentar su concentración artificialmente. Desde entonces, el 75% de la población de Estados Unidos recibe agua fluorada en sus casas. En Europa, la fluoración del agua es obligatoria en Irlanda, en Inglaterra es marginal, y en el resto de los países es casi ausente, como Alemania y Suecia que ha sido abandonada o incluso prohibida. Aunque los partidarios de la fluorización del agua argumentan las dosis aplicadas en el agua son lo suficiente pequeñas como para no afectar a la salud y que los beneficios que obtiene la población son superiores a los riesgos (realmente los países que aplican flúor al agua no siempre consiguen una mayor salud bucodental en sus poblaciones), afortunadamente, al igual que en la gran mayoría de países europeos, la fluoración de las aguas en España ha sido muy limitada, a excepción del País Vasco, donde se sigue practicando. Menos mal, ya que un estudio reciente publicado en la revista “Journal of Water and Health”, que examinaba los posibles vínculos entre la fluoración del agua para prevenir las caries y la diabetes tipo 2, que está alcanzado los niveles de epidemia creciente en muchos países industrializados, concluye que esta medida de salud pública podría estar relacionada con un incremento de la diabetes.

Llegados a este punto, y ante la práctica imposibilidad de beber el agua inodora, incolora e insípida que brota de los deshielos y cae fresca y limpia en la fuente del pueblo, tenemos las siguientes opciones:

  1. Agua de manantial de baja mineralización embotellada en agua de cristal. De este modo evitamos el agua envasada en los recipientes de plástico rígido a base de policarbonato que contienen el aditivo BPA o Bisfenol A, tan cuestionado y, a mi juicio, perjudicial. Recordad también, que la baja desmineralización (diversas publicaciones y estudios estadísticos, muestran una relación inversa entre las afecciones cardiovasculares y la dureza del agua), la podemos compensar con la ingesta de algas en nuestra alimentación, que, por otra parte, su composición es de un 80-90% agua.
  2. Filtrar el agua de casa con un filtro de carbón activado. Estos filtros son sistemas de purificación de agua y filtran contaminantes tales como el cloro, disolventes orgánicos, herbicidas, pesticidas y radón del agua.
  3. Instalar un sistema de ósmosis inversa. Se trata de un sistema que no necesita de productos químicos, ya que funciona con una serie de filtros y membranas, para eliminar del agua las sustancias nocivas potencialmente peligrosas. El agua pasa a través de una membrana y conseguimos obtener una parte de agua purificada, y otra parte que contiene el agua cargada de sales y sustancias nocivas, que solemos descartar, y que se va directamente al desagüe.
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Licenciado en Ciencias Biológicas, especializado en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de Valencia. Inició su carrera profesional como Analista en el Instituto Valenciano de Oncología (I.V.O) y en la actualidad desenvuelve su labor profesional en el sector privado. Con un carácter eminentemente investigador, prácticamente toda su trayectoria profesional y personal la ha focalizado en profundizar en el estudio de aquellos modelos integradores que por unir lo mejor de la medicina convencional a las terapias complementarias de probada eficacia científica, pudiera beneficiar a personas afectadas de cáncer.